MI RÉPLICA: https://juandemariana.org/replica-a-polavieja-i-valor-de-cambio-concreto-e-intercambios-previos/
ALGUNAS CUESTIONES SURGIDAS A PARTIR DE LA RÉPLICA:
MI RESPUESTA:
No exactamente. Están relacionados, pero no son idénticos.
El precio de mercado es una relación de intercambio efectivamente manifestada (e.g., una unidad de un bien se ha intercambiado por determinada cantidad de dinero). Por tanto, el precio es un dato histórico.
El poder adquisitivo es la capacidad que atribuimos a un bien para obtener otros bienes mediante el intercambio. Esa capacidad se estima tomando como referencia los precios y oportunidades de intercambio conocidas.
El valor de cambio concreto es la significación subjetiva que esa capacidad de intercambio adquiere para un actor, porque espera que le permita satisfacer indirectamente determinadas necesidades.
Por tanto, los precios de mercado sirven de base para estimar el poder adquisitivo, y esa estimación permite atribuir valor de cambio concreto, pero ninguno de los tres conceptos es idéntico.
MI RESPUESTA:
Sí, con un matiz. Por “concreto” quiero decir que el actor puede atribuir al bien una capacidad de intercambio suficientemente determinada o estimable, de modo que su posesión tenga para él una significación práctica porque espera poder obtener otros bienes y satisfacer necesidades indirectamente.
Eso no exige necesariamente que haya identificado de antemano unas necesidades específicas y cerradas. También puede conservar un medio de intercambio para necesidades futuras que todavía desconoce. Lo decisivo es que no se limite a pensar de forma abstracta que “quizá alguien lo quiera”, sino que pueda estimar sobre alguna base qué capacidad de intercambio posee.
De ahí sí se sigue que debe esperar que el bien conserve algún poder adquisitivo cuando pretenda entregarlo, pero no que ese poder adquisitivo vaya a permanecer razonablemente estable. Puede esperar que aumente, disminuya o fluctúe y, aun así, utilizarlo como medio de intercambio.
La estabilidad podrá hacerlo más apto para determinados usos y reducir la incertidumbre, pero no constituye una condición lógica del valor de cambio ni del uso como medio de intercambio. Lo necesario es una expectativa suficientemente fundada de poder adquisitivo futuro, no una expectativa de poder adquisitivo constante o estable.
MI RESPUESTA:
La cita de Finney es, de hecho, un excelente ejemplo de lo que NO constituye valor de cambio concreto.
Finney plantea un ejercicio condicional: si Bitcoin llegara a convertirse en el sistema de pagos dominante en el mundo, entonces, bajo determinados supuestos, cada unidad podría alcanzar un precio de mercado muy elevado. El razonamiento puede ser perfectamente racional, estar cuantificado y no tener nada de caprichoso. Pero lo que cuantifica es el resultado de un escenario hipotético de éxito futuro, no una capacidad de intercambio ya manifestada en el mercado.
Las palabras de Finney, además, hay que situarlas en su contexto. Las escribió el 10 de enero de 2009, inmediatamente después del lanzamiento público de la primera versión del software. Bitcoin acababa de nacer y apenas comenzaban a incorporarse participantes. El propio Finney recordaría años después que probablemente fue el primero en ejecutar Bitcoin, aparte de Satoshi, y que minó uno de los primeros bloques (“70 y tantos”, según sus palabras). En esas circunstancias iniciales, atraer participantes y potencia de cálculo resultaba importante para el desarrollo de Bitcoin y para reforzar la seguridad de la red. Y su razonamiento ofrecía un poderoso incentivo para participar: la posibilidad de obtener, a un coste prácticamente insignificante, un activo que podría llegar a alcanzar un precio extraordinariamente elevado. En cualquier caso, se trataba de valorar la posibilidad de un éxito y una revalorización futuros, no de formar una estimación de su poder adquisitivo a partir de intercambios de mercado.
Conviene precisar, además, qué significa su famoso cálculo de “100 millones a uno”. Finney no atribuye una probabilidad concreta al éxito de Bitcoin. Estima la magnitud del beneficio potencial y la compara con el reducido coste de generar las unidades. Dada una relación potencial de aproximadamente cien millones a uno, incluso una probabilidad subjetiva de éxito extremadamente reducida podía hacer razonable asumir aquel pequeño coste. Ese razonamiento podía justificar su decisión de minar, pero no permitía estimar el poder adquisitivo de Bitcoin, porque todavía no existían precios ni intercambios previos del propio bien a partir de los cuales estimar su capacidad de intercambio.
El coste de generar bitcoins tampoco podía suplir esa ausencia de precios de mercado. Indicaba cuánto debía sacrificar Finney para obtenerlos y nos permite inferir que, dadas sus expectativas, los valoraba por encima de ese coste. Pero ese coste no era un precio de Bitcoin. No expresaba una relación de intercambio entre Bitcoin y otros bienes ni revelaba cuánto estaban dispuestos a entregar otros actores a cambio de bitcoins. Por tanto, tampoco proporcionaba una base de mercado desde la que estimar su poder adquisitivo.
Por eso, en mi planteamiento, “concreto” no significa simplemente “determinado numéricamente” o “expresable mediante probabilidades”. Y conviene recordar que tampoco estoy utilizando “valor de cambio” en un sentido libre o coloquial. En Menger, el valor de cambio es la importancia que un bien adquiere para un individuo porque su posesión le permite satisfacer indirectamente sus necesidades mediante el intercambio, obteniendo otros bienes a cambio de él. La cuestión, por tanto, no es si alguien puede imaginar o incluso cuantificar una futura revalorización, sino si puede atribuir al bien importancia por su capacidad de procurarle otros bienes mediante el intercambio. La definición mengeriana nos dice en qué consiste el valor de cambio; mi argumento se refiere a qué permite atribuirlo de manera concreta o determinada. Cuando hablo de “valor de cambio concreto”, me refiero a la importancia que el actor atribuye al bien a partir de una capacidad de intercambio estimada sobre la base de relaciones de intercambio ya manifestadas en el mercado.
Y aquí quiero introducir una precisión importante. Como toda valoración que guía una acción, la valoración de cambio se realiza ex ante. El actor estima, antes del intercambio, lo que espera obtener. Por tanto, la diferencia no consiste en que Finney mirase hacia el futuro mientras el valor de cambio concreto se refiera exclusivamente al presente. La diferencia se encuentra en la base de ambas expectativas.
Una cosa es proyectar hacia el futuro una capacidad de intercambio que ya se ha manifestado mediante precios e intercambios efectivos. Otra muy distinta es conjeturar que esa capacidad de intercambio, todavía inexistente, llegará a aparecer por primera vez.
Finney se encontraba en el segundo caso. En enero de 2009 no existía todavía ninguna relación económica de intercambio de bitcoins por otros bienes que permitiera estimar, a partir de datos de mercado, qué podría esperarse obtener a cambio de ellos. Podía formarse una expectativa razonada acerca de su futura aceptación y monetización, pero no estimar su poder adquisitivo apoyándose en intercambios ya manifestados.
Por tanto, cuando hablo de una expectativa “suficientemente fundada”, no me refiero a cualquier previsión que pueda expresarse mediante cifras y probabilidades. Me refiero a una expectativa fundada en datos de intercambio del propio bien. Dicho de otra forma, lo observado son los precios y las relaciones de intercambio; el poder adquisitivo es la estimación subjetiva que el actor realiza a partir de ellos.
La expectativa de Finney podía conferir valor de uso presente a una cantidad concreta de bitcoins en la medida en que su posesión o su participación en el proyecto le proporcionaran satisfacción. Ese valor de uso podía derivarse del interés intelectual y técnico, del apoyo a un proyecto que consideraba valioso, de la esperanza en su éxito o incluso de la satisfacción asociada a una apuesta especulativa con un enorme rendimiento potencial. Pero una cosa es valorar esa expectativa y otra atribuir ya a Bitcoin el poder adquisitivo que tendría si la expectativa llegara a cumplirse. Lo primero podía existir desde el comienzo; lo segundo todavía no podía atribuirse sobre la base de relaciones de intercambio de mercado.
Que la futura monetización pudiera representarse mediante un escenario cuantificado no convertía ese escenario en poder adquisitivo. Permitía valorar en el presente la posibilidad de que Bitcoin adquiriera poder adquisitivo en el futuro. Esa expectativa podía motivar la acción porque podía conferir valor de uso, pero no permitía todavía estimar, sobre la base de relaciones de mercado, lo que podría obtenerse mediante su intercambio y, por tanto, no permitía atribuirle valor de cambio concreto.
Esta distinción es, además, coherente con el teorema de la regresión. Las valoraciones iniciales de Bitcoin fueron no monetarias: interés técnico e intelectual, motivaciones ideológicas, esperanza y expectativas acerca de su utilidad o éxito futuros. A partir de ellas pudieron surgir los primeros intercambios y, con ellos, los primeros precios de mercado. Solo entonces existió una base de mercado desde la que estimar su poder adquisitivo y atribuirle valor de cambio concreto, pudiendo desarrollarse posteriormente una demanda específicamente monetaria.
En definitiva, la cita de Finney contiene una expectativa determinada y cuantificable, sí. Pero lo determinado es el resultado de un escenario condicional de futura monetización, no el poder adquisitivo de Bitcoin en aquel momento. Una expectativa puede ser inteligente, razonada e incluso resultar plenamente acertada y, sin embargo, no constituir todavía valor de cambio concreto.
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